
No importa que el marido no la folle, ya tiene remplazo
A Katana Kombat (31) ya no le importa que el marido no la folle, ya tiene un remplazo aunque es demasiado precavido. Sin dudas la...
El día comienza como cualquier otro en la casa de Katana Kombat, la esposa de lencería roja y pijama de seda, quien, con mirada juguetona, le susurra a su marido: «¿No podemos coger hoy?». Pero el muy boludo le responde con un «no» acompañado de excusas baratas—trabajo, cansancio, dolor de cabeza—como si no supiera que una mujer como ella no acepta un no por respuesta.
Katana no se rinde. Con una sonrisa pícara, trae al «clásico testigo de geoba»—un desconocido de camisa ajustada que huele a peligro y a polla dispuesta. El marido, desconcertado, observa cómo su mujer, en esas fachas conversa con el intruso en su propia casa. Unas pocas palabras de ella y el esposo se va sin chistar, como si supiera que ya perdió la batalla.
No hay tiempo que perder. Con las manos en los pantalones del desconocido, como buscando un premio, Katana le saca la chota al aire en plena cocina y la engulle con avidez, demostrando que no hay excusa que valga cuando una mujer tiene hambre.
Se quita el pijama, mete las pompas para atrás y invita al bastardo con suerte a penetrarla, mientras el marido—el «señor»—sonríe desde lejos, como si disfrutara el espectáculo de ver a su esposa convertida en una casada cachonda.
Pero Katana no se conforma con una sola verga. En una silla, con las piernas bien abiertas, es lamida de forma pecaminosa por alguien que sí sabe complacerla. Y vaya que lo hace: el flaco la penetra con todas las de la ley, sin importarle nada más que el placer de esa mujer insaciable.
Encima de la mesada, es montada como un animal en celo, y cuando el desconocido demuestra dominancia, la pone contra la mesada y la embiste sin piedad, hasta que el sonido de su cola golpeando contra su verga llena la cocina.
Porque Katana Kombat no pide permiso… toma lo que quiere.